viernes, 31 de diciembre de 2010

PASEANDO NAVIDADES


Paseo navidades por calles saturadas de luces
y me encuentro renos sufriendo carros,
camellos masticando efímeras flores de pascua.

Paseo navidades con escaparates adornados
y a veces me paro en las esquinas
a cantar villancicos sobre cartones,
a tocar la pandereta con entusiasmo.
Luego, abro la mano a los transeúntes
o me cuelo en sus copas de más
en las cenas de sus empresas.

Husmeo en el portal de mi casa,
en el papá no es si pende de un hilo
en el árbol de plástico de la entrada.

Paseo navidades,
encandilo lámparas de aceite
cuando están los perros en el umbral,
y ladran ya casi sin reconocernos
y hemos llevado al patio ya las varas,
las espuertas, varios miles de aceitunas,
y estamos en el quicio cerrando la casa del campo
y escondemos la llave bajo una teja rota,
un trozo de leña, una lata oxidada.

Paseo navidades,
husmeo polvorones en la cesta de mimbre,
mantecados que me dejaban una sed sin mesura
en el brillo incandescente de cuando niño.

Paseo navidades,
husmeo en el ahogo molesto del polvo dulce,
pero lo que se atraganta es un nudo de pena,
una tristeza muy honda,
un eco perdido en este vacuo presente
cuya sonoridad primigenia escaló los años desde la infancia
y que a estas horas, mangas verdes,
ida ya la rebeldía palpitante de la juventud,
es más malo su clamoroso ruido que un dolor,
por lo que de ilusiones obligadas tiene
toda esta parafernalia de sonrisas puestas,
de inmensas ganas de llorar.

martes, 28 de diciembre de 2010

CUANDO ERAS SOLDADO


Te persigue la muerte, Itamar, has llegado de muy lejos para decirme a qué sabe la carne del hombre, has llegado a mí para descubrirme que no sólo es carne, que es carne y es más, algo más que carne de cañón, que tripas llenas de barro por los suelos, algo más que una costilla sin adobo, más que los trozos de jamón que un día ensuciaron tu uniforme militar, algo más que corazones asados al fuego rápido de una bala, de una bomba, de un misil asesino.

Yo no tengo tu salvación, no la busques en mí porque yo no te puedo salvar, que te salve otro, que sea otro el que te salve porque yo estoy sin palabras, no sé bien qué decir.

Tú vienes rompiendo el silencio en medio de las ametralladoras y los tanques. Tu familia come hombres, dices, tu país come hombres, dices también, y tú los comiste una vez hace tiempo, cuando eras joven, intrépido, cuando eras soldado y eras patriota, cuando disparar te sentaba bien y por matar malos te daban dinero.

Qué tiempos aquellos, Itamar Shapira, cuando los espías no te seguían el paso, cuando tu país te quería como a un hijo, cuando aún tenías un lugar al que volver, una tierra, una casa.
Y qué mal, dices, qué peso, qué mal se portó contigo la conciencia.

jueves, 23 de diciembre de 2010

La verdad más verdadera


Me dijeron que la verdad me haría libre
y la busqué.
Pero yo no quería la verdad,
lo que yo quería era ser libre,
unas alas enormes,
unas grandes alas para poder decir:
Me aburro,
creo que me voy a volar un rato”.

sábado, 18 de diciembre de 2010

Imperfecciones


Este mundo es un asco, querido, y es un asco por ti, para qué lo vamos a negar, pero también por mí, porque soy incorregible en todo, en todas las cosas que te molestan de mí.

Un mundo perfecto no existe porque existes tú, que siempre estás del otro lado, a ver si te enteras, y existo yo, que te doy la espalda. Ya sé que dar la espalda es una chulería, de acuerdo, pero no te creas que tú no, porque tú me das la espalda, y si yo te la doy es también por esto, te lo aseguro.

El mundo es imperfecto, es idiota, es idiotamente perfecto porque no te quito del medio, porque te doy la vida, sí, porque no quiero que desaparezcas.

Te reconozco, te veo, quiero que existas.

Te concedo todo esto y mucho más por eso, porque me gusta este mundo elástico, inacabado, este mundo que está por hacer, que se está haciendo, que cada día es distinto por tus payasadas, por las mías.

viernes, 10 de diciembre de 2010

BUSCA A DIOS


—Conviértete —me dijo—. Busca a Dios como hago yo. Todavía estás a tiempo.

Y yo, que no sabía si convertirme en príncipe o sapo, abrí los ojos, lo escuché que muy, pero que muy impresionado, y fue tanta la impresión que casi me da algo.

Sobre todo cuando habló del mundo y sus males, de ese tipo de personas que son pecadores porque no lo buscan, y porque no lo buscan encuentran la venganza de Dios. Habló del hambre, de los terremotos, de las bombas que todavía tiran los fanfarrones. Fanfarrones para mí, claro, para él justicieros.

—Cuando lo encuentres —le dije yo—, me lo mandas.

Entonces fue él quien se espantó. Sobre todo cuando le dije: “Y dile a Dios que hace mucho que lo estoy buscando: me debe dinero, mucho dinero”.

Luego le expliqué (para que se tranquilizara), que esta tomadura de pelo, esta gran burrada en que estamos todos, se merece una indemnización. Una indemnización como dios manda: con su juicio, su banquillo de acusados, su sentencia, sus culpables.

viernes, 26 de noviembre de 2010

ESTOY EN LA LUNA

Yo te digo que esto es un sueño y tú me respondes que estoy en la luna. Bebemos café. Seguimos hablando. Coges el lapicero, me lo enseñas, el reloj me lo enseñas también, el periódico de ayer, pones en mi mano la vela apagada que se consumió anoche. Me obligas a tocar la realidad, me la echas encima, me echas la mesa, todas las cosas que había sobre la mesa.

Yo me las voy quitando una a una, me quito el mundo de encima porque vas muy orgullosa tú pensando que me has llenado de cosas, pero me has llenado de sueños, todo sueños y no te has dado cuenta.

No digo que esto no esté aquí, te digo, lo que digo es que esta bufanda, estas monedas, ese calcetín que pulula por el suelo sin saber muy bien a dónde va, lo que digo es que están aquí, están en el mundo, que son el mundo, vale, pero son sueños.

Otra vez el mismo juego: me arrojas todas las cosas. No me llenes de más sueños, por favor, pero no me haces ni caso.

Yo no soñé esa mesa, ni esa ventana, ni el sofá, ni el calcetín: alguien lo soñó y lo hizo. No soñé ese reloj, ni las noticias que pasaron ayer, no fui yo quien soñó el dinero.

viernes, 19 de noviembre de 2010

Esta misma tristeza


Vamos a ver si me he enterado: somos un Big que decidió ser un Bang, primero dijimos que íbamos a explotar, y luego que íbamos a expandirnos. Está muy bien, muy claro, muy bonito. Nos comimos una bomba. Nos salió tanta bomba por las orejas que hasta las orejas salieron también. Qué cosas, qué graciosa que es la vida.

Pero lo que yo no estoy dispuesto a aceptar (ni aunque lo entienda) es un cambio de opinión, un cambio de planes. No acepto el arrepentimiento ni el peso de la culpa, no acepto al guapo de siempre que tiene el valor de echarse para atrás.

¿Qué es eso de que el Universo explote, se expanda, y luego se encierre otra vez?

Yo no entiendo las cosas que tenemos, estos círculos viciosos. Explotar, expandirse, y luego otra vez explotar, a repetirlo todo de nuevo.

Yo no quiero que el día triste de hoy se vuelva a repetir algún día. Ni la misma tristeza ni el mismo día, porque no quiero que cuando el universo se vuelva expandir todo sea otra vez como ahora, igualito, sin nada nuevo que hacer bajo este cielo lluvioso, sin nada nuevo que decir a lo largo de toda la eternidad, cada vez que se repita este mismo día, con esta misma tristeza.

domingo, 14 de noviembre de 2010

TELAS DE ARAÑA



Una mosca vi,
y vi su trágica cosquilla
en los labios de un niño.

Yo la vi volar cuchicheando, al ritmo
del susurro hipnótico de sus primas moscas,
hasta que se posó en una flor, como libando
cuartos menguantes a sus pocas lunas.

Entonces enmudeció el silencio,
las palabras se atragantaron hasta la asfixia,
los mil zumbidos fueron ojos llenos de espanto,
pupilas sin tregua clavando niños
a nuestro complaciente ojo de espectador suicida.

Yo los vi hoy de brazos caídos,
como caen abatidos los huesos
cuando se desparrama la esperanza,
como si hubieran sido pactadas ya todas las derrotas,
como si sólo enseñaran,
bajo una piel donde no cabe más la mengua,
la costilla de Adán,
ese polvo del suelo,
ese polvo rastrero y homicida.

Súbitamente hoy,
pasó una mosca y cogí su vuelo,
y hallé en medio mismo
del desierto corazón humano,
hallé la hambre.

No hay redes en el aire.
No hay telas de araña
tejidas de sustancias secretas
que pesquen la nada y la lleven a la boca.
Porque no se vive del aire,
como viven las clorofilas.

Súbitamente hoy, vi una mosca zumbar incesante
en un ombligo vuelto del revés:
he visto hartos de nada explotar los vientres.

Mala ruina se hermane al aire que sostiene la mosca,
mala ruina agriete el antifaz maldito
de nuestra mucha cara,
y caiga devastando, estragando —la mala ruina—,
nuestra poca vergüenza.

viernes, 12 de noviembre de 2010

EL UNIVERSO REDUCIDO


Si lees esto es porque me lo he pensado bastante y de todas las suertes al final jugué a no pensar, porque si lo sigo pensando todavía estaría ahí, en el callejón sin salida del “lo digo o no lo digo”, en el mundo de la razón y sus cositas razonables, ahogándome aún más la existencia con cosas que no se hacen, y si se hacen te callas porque no se dicen, tú sabes, cállate que estás más guapo.

A mí tu padre me importa un carajo. Grosera la forma en que lo digo, qué le vamos a hacer, pero al menos no resulto pedante y retórico, porque cuando parezco educado y comedido en todo me doy asco. Y no me gusta cuando me doy asco.

Como decía, a mí tu padre me la re, me la pam, me la repampimfla, sepa él o no que se quiere acostar contigo, le guste o no su vida, quiera o no para la tuya sus delirios de loco, que tengan en ti éxito lo que fueron todos sus fracasos.

Y me la repampinfla porque si yo te miro a los ojos y surge un hilo, una especie de luz hilvanada que nos atrae con fuerza, si sabemos los dos que sin besarnos ya nos estamos comiendo a besos, a qué viene la paradoja de que tu padre te quiere, de que te quiere mucho, pero que te quiere encerrada en su castillo de espinas, toda para él, sola para sus ojos.

A qué vienen todas estas bobadas, si en el fondo y no en el fondo, donde sea, basta mirarnos para saber que somos tú y yo, y sólo eso, todo el universo reducido a eso: a tú, a yo.



jueves, 11 de noviembre de 2010

¿QUIÉN NOS HABRÁ MATADO?


Paco Muñoz hablaba de la violencia, cruzaba con sus palabras a un mundo desconocido, y con sus palabras también lo traía hasta nosotros, nos lo enseñaba. Lo que hacía era fácil. Tan sólo abría la puerta de un cuarto oscuro, encendía la luz, y nos invitaba a pasar. La luz eran sus palabras, claro.

—Vemos tanta violencia por tantos lados —dijo—, porque nos estamos rebelando contra ella.

Y decía esto porque pregonaba un mundo sin violencia, un mundo donde las grandes cosas sólo se sostienen en cosas pequeñas, y cosas pequeñas como hacer cola en la frutería, o ponerse de acuerdo para salir esta noche, son cosas donde hay conflictos, de acuerdo, pero conflictos resueltos sin sangre ni hostias, sin violencia.

Fue curioso, porque se encendía un mundo que todos dábamos por muerto, y descubríamos en la conversación que el mundo estaba vivo: los muertos éramos nosotros.

Sin duda un buen comienzo. Porque mientras algunos se preocuparon de saber quién nos había matado, otros habíamos ya resucitado.

jueves, 4 de noviembre de 2010

MIS MUERTOS PREFERIDOS



Como cada uno tiene sus muertos, pues yo tengo los míos. Mis muertos preferidos me caen bien. Los otros ya no tanto. Algunos de mis muertos preferidos lo son porque escaparon de la muerte, porque volvieron otra vez aquí, ya sea con un libro debajo del brazo, o infiltrados sin libros en medio de los chismorreos, de los bla-bla-bla de la gente, que ya sabemos cómo es la gente y lo que le gusta un morbo, un cachondeo, darle a la lengua. Yo los escuché sin pestañear, dándome lo mismo la forma en que se me acercaron, porque estaba convencido de que la vida era un sueño y podía soñarse, convencido de que compartirían conmigo su secreto. Eso hice yo, nenes, los escuché, había que escucharlos.

Lo que no puede ser es lo que le pasó al último de mis muertos preferidos. El pobre se encontró, mira por dónde, enterrado en vida, acostado dentro de un ataúd, despertando de un sueño que duró como poco un día y pico, y que casi le cuesta la vida. La vida para siempre, quiero decir, la muerte para siempre. Y gritó, claro. Qué otra cosa podía hacer dentro de un cajón de madera, qué otra cosa que gritar que no estaba muerto, muerto como se mueren los muertos.

“Estoy vivo —gritó—. Sacadme de aquí”.

Y cuando le abrieron el ataúd, y el pobre salió como pudo, todos salieron también, pero corriendo, así es como salieron todos, todos corriendo y despavoridos. La familia, los amigos, el cura, todos lo dejaron en el cementerio solo, muy solo, sin nadie que lo consolara ni aliviase, sin nadie que quisiera sacarlo de allí, de la casa de los muertos, quiero decir, del cementerio.

lunes, 30 de agosto de 2010

Un barco a su medida


La calor era horrorosa, y toda la plaza se moría de la envidia cuando nos vio en paños menores, a las doce de la noche, bañándonos en la fuente con la alegría descarada de un niño. Pero no fue una provocación, ni nadie lo entendió así, porque lo que todos entienden es que esta calor es mala porque está viva, y ataca sin tregua, sin remordimientos, como un enjambre de avispas.

No sé cómo hubo un tiempo en que yo pasaba los días interminables de los veranos cargando paja. La paja pica, y pica más bajo el sol, y cargábamos camiones y movíamos las alpacas como si fueran juguetes del campo. Recuerdo sin nostalgia un verano: el único verano que trabajé para la Capitana.

—Tomad y comed como cerdos —decía la Capitana—, porque trabajar, vais a trabajar como burros.

El agua la bebíamos por metros cúbicos mientras trabajábamos, porque entre camión y camión no había descanso: construíamos almiares de alpacas tan colosales y perfectos como pirámides egipcias.

Son las cosas que tenemos casi todos. Nos paren con un maletín debajo del brazo, y el maletín no tiene futuro: es una pompa de aire. Y con una pompa de aire hay que trabajar la paja, nene, que sólo es poner bien, en su sitio, mil y pico alpacas diarias.

La Capitana no me pagó, porque ella era capitana de un barco hecho a su medida. Tampoco pagó a nadie, para qué.

Son las cosas que tenemos los cerdos, los burros: nos consuela una fuente bajo la luna llena, porque en todo lo demás hemos caído tan bajo que ni nos pagan, tan bajo que a veces llegamos a tocar el fondo.

viernes, 13 de agosto de 2010

UN PUENTRE ENTRE DOS ORILLAS



Pregunté por tomates. Ya me iba a marchar y no esperaba mucho más de aquella tarde, pero la respuesta conque me encontré lo trastocó todo: “En mi casa tengo lechugas”. De esta manera tan poco inocente un brasileño de país, ingeniero agrónomo de carrera, me cambió el rumbo de mi conversación para que habláramos de lo único que él quería hablar: de África.

La torpeza fue mía, como a veces pasa. Me acerqué a él para hablar de alimentos ecológicos, y no caí en la cuenta de que había más gente, otro tema sacado a discusión. Ellos estaban hablando del Estrecho de Gibraltar, preguntándose si existían muchos lugares en el mundo en que, a tan poca distancia, hubiera una brecha social tan vergonzosa.

Fue por eso por lo que terminamos hablando de puentes.
Primero, lo hicimos como arquitectos que, aun sin tener la menor idea de arquitectura, sí sabíamos en cambio que se habían tendido en el mundo puentes mucho más largos, más largos que los catorce o quince Kilómetros que mide el Estrecho. Después, lo hicimos con la clarividencia de los poetas, es decir, descubriendo que un puente entre Europa y África sería algo más que un abrazo entre dos orillas, mucho más que un beso o una puerta, algo que tiene que ver con el tiempo y la época en que estamos, con la revelación del ahora, con estar todos en todos los sitios, con todos los presentes.

sábado, 3 de julio de 2010

AGUJEROS EN LA CIUDAD


Ya sé que hay plazas y plazas. La que habité el año pasado, por decirlo de algún modo, escondía una guerra. A mí, que no me gustan las guerras, me horrorizaba ver todos los días cómo los artistas de profesión se tiraban las guitarras, los poemas a la cabeza por el maldito dinero. Todos la querían suya, que hondeara sólo una bandera en la plaza. Al final firmaron una paz armada cuyo éxito vino de la repartición, es decir, de una puntual distribución de la plaza por horas. En dos palabras: los turistas tenían dinero en el bolsillo, y ellos prostituían su arte por turnos.

Pero este año es distinto. Cambié de piso y me tocó una placita de naranjos, de pinos enormes, una plaza con fuente. Es distinto porque descubrí que los pinos hablan. Fue Pepe Benjumea, claro, fue él quien me lo enseñó una noche de viento. Me sacó de la taberna en que estábamos, me llevó a los pies de uno de los pinos, y me dijo mientras fumábamos un cigarro: “Cállate y escucha”.

Y era verdad: el viento mecía las hojas y se oía algo en lengua extraña.

—¿Lo ves? —me dijo Benjumea con la autoridad de sus cincuenta y tantos años—. Si yo digo que hablan, es que hablan.

Ya sé que uno no debería creer en ciertas cosas, pero me lo creí.
Y si me lo creí es porque me paso la vida buscando, ahogado mientras camino las calles sin tregua. Me lo creí porque busco una plaza que no esté en manos de nadie, que no esté sostenida por una guerra, un agujero por donde escape la ciudad, un lugar donde se pare el tiempo.

martes, 22 de junio de 2010

ODA A MIS EXS


Fuisteis ineptos, extemporáneos y hasta ridículos.
Vuestros pensamientos y vuestros actos fueron veneno,
y envenenasteis para siempre a vuestras hijas.

Vuestro amor,
¿fue amor el vuestro?
Vuestros amigos,
¿fueron amigos los vuestros?

Venid,
que os voy a descender a las simas del hombre,
os voy a enseñar a los que sufren,
las noches de insomnio de los vuestros.

Pero venid,
dadme también la mano,
porque hay un universo que habla de sueños
y yo os tengo que desentrañar al débil,
el barro salpicado de sangre,
los espantajados ojos del desamparo.

Fuisteis bárbaros, arcaicos y primitivos,
ignorantes de la altura de los tiempos.

Sois deplorables, basura,
envenenasteis para siempre a vuestras hijas.

"Y yo voy a ser, suegro,
lo quieras tú o no lo quieras,
la luz que se estira edénica
una mañana colmada de perfumes".

miércoles, 16 de junio de 2010

EXPLÍCAME CÓMO SE PUEDE PERDER ALGO


I

Había dicho adiós a una de esas noches mágicas que sólo a veces surgen de los sábados, y subía la cuesta sin fin de Claudio Marcelo, y esquivaba también una multitud que bajaba armada de sus mejores encantos para la fiesta. No sé bien si pensaba en ti, si lavaba en la cabeza -entre los jerséis que me quité y me puse desde las siete de la tarde-, la fotografía perfecta en que mirabas la noche en medio de la noche.

Debía ir pensándote porque estabas en las nubes, y no digo esto porque fueras sólo tú, porque fuera sólo por ti, sino porque también desde los barandales de aquella azotea siempre se parece estar un poquito más allá, más para arriba, más en Babia que en la Judería, porque casi creo que no hay en esta ciudad otra escalera que levante sus peldaños al otro lado, a esa cosa con aroma a cielo de siglos que tiene Córdoba.

II

Subía Claudio Marcelo como sólo se puede subir Claudio Marcelo: maldiciéndolo. Y fue entonces cuando centrifugué la idea de lo perdido, cuando me venció la cuesta y admití la derrota volviendo a las calles que ya había despedido del sábado, cuando mi lavadora cruzó todos los tiempos de lavado y prelavado, y al final la única ropa murmurada era mi mochila, ese bolso naranja que olvidé y que puse a buscar como locos a mucho pub Bestiario, a quien conocía y a quien no, como locos por entre los lugares más comunes y también los más remotos, paraísos exóticos o desiertos de hambre, daba igual, locos buscando hasta en los bordes mismos del fin del mundo, tú sabes, en los Finisterres del Bestiario, esos sitios donde la muerte es dulce y no hay vida en la tierra, y que todo bar, que sea bar de verdad, no puede dejar de tener.

—No traías ninguna mochila naranja —me dijiste—. No la has perdido, porque no la traías.

III

—¿Que la has perdido? —me sacó Nolo del error a la mañana siguiente—. Explícame cómo se puede perder algo que ahora mismito acabo de ver en mi casa.

Entonces, aquella mañana de café y domingo, me tomó una alegría sin sentido, me volvieron tus palabras, “No traías ninguna mochila naranja”, y comprobé con un alivio no esperado que la había olvidado mucho antes y con mucha más suerte en el primer escalón, en la planta baja de la única casa que araña el cielo en Córdoba, en medio de ese apartamento con microclima de cactus y naranjos enanos que se ha construido Nolo para vivir sólo del aire, de amor solamente.

IV

Pero yo no te digo esto para que me digas que sí, que una sangría la hace quien quiera y por metros cúbicos como le da la gana, con vermut, coñac y trocitos de melocotón y pera, para que me digas que reconociste en la que hizo Nolo para su cumpleaños, que reconociste un sabor dulce a maracuyá, a melón o naranja, a tropical o zanahoria, para que me digas que llevaba trocitos de lechuga, y que a esa sangría loca le sentaba que muy, pero que muy bien la lechuga.

No te digo esto para decirte que aquella noche estabas en las nubes, que hacías literatura asomada a la calle desde la azotea mientras yo murmuraba en la centrifugadora de qué libro te habías escapado, o a qué personaje en qué teatro habías abandonado con la palabra en la boca por estar allí, escuchando una voz que hablaba de libertad o destino, como si aquel espectáculo de Judería y estrellas tuviera algo más que decir, algo que tú tenías que desentrañar y por lo que te hiciste lejana a todos, allá en las nubes, guapísima en medio de la noche.

Te digo todo esto porque yo no busco imposibles, ni me gusta malgastarme con mochilas naranjas mientras no te hago ni caso: “No quiero rumiar tantas lechugas con un extraño sabor a sangría”.

Te digo esto porque me gustas, porque me sabes bien: porque me encantaría conocerte.

MI ÚNICA PALABRA AMIGA


No queremos la muerte y por eso lo digo, y la vida se acaba y lo digo también, porque parece que he comido lengua y hablar me gusta, lo necesito.

Me exijo hablar de todo lo que debo hablar, sin engaños ni paraísos de mentira, cara a cara con la verdad, como si la verdad hubiera de ser la única bandera cierta en el mástil humano. Vestido de todos es cuando me visto de hombre, cuando descubro a través de mis viajes por el alma de los destrozados, que la enfermedad y los demonios son el iceberg que asoma entre las aguas: lo demás es la mentira. Porque la gente está ahí, entre la pesadilla y la prisión, y yo la escucho torturada por la culpa de mirarse al espejo desnuda. Torturada, sí, porque está vestida de disimulo y convenciones, con prejuicios.

El tiempo pasa para todos y pasa también para mí, para siempre. Es por eso que hablo. Y hablar de mi me cuesta un carajo, y me cuesta porque soy una voz que se hace eco y más eco de muchas voces, porque soy una vida que trata de ser muchas vidas, todas las vidas. Para decir de mí tengo que hablar de “verdad”. Y esto sólo es posible si juego con mi única palabra amiga: la libertad.

lunes, 24 de mayo de 2010

Pasemos a la historia

Como ya somos mayorcitos y hemos vivido mucho y estudiado mucha historia, vamos a dejarnos de rollos y destruyamos de una vez al hombre. ¿Por qué seguir empeñados en que todavía no es tarde, en que aún podemos entenderlo, en que aún puede llegar a ser consciente?

Por favor, son ya muchos exámenes y siempre igual, la misma rutina. Si somos igualitos al pez ése, pues entonces hagamos de una vez lo que hizo él, que se mordió la cola y el pobre se quedó sin cola, y luego sin entrañas, y luego sin nada, claro, porque el tío siguió y siguió mordiéndose hasta que se vio descabezado, con la cabeza por un lado, y con el cuerpo “vete tú a saber dónde”.

Ya está bien. Dejemos de repetir la historia y pasemos por fin a la historia. Tiren ya todas las bombas, todos los misiles, los nucleares y los otros. Explótenlo todo. Y que no me entere yo —ni nadie a quien yo conozca—: que se vuelve a escapar el hombre.

Mi perspectiva del mundo


Tratando de no perder la perspectiva del mundo observé un pequeño detalle: yo no tenía perspectiva. Como resulta imposible del todo perder algo que no tienes, he decidido creármela.
Lo primero que he hecho ha sido olvidarme de la calle y de todos los libros que leí, me he olvidado de los periódicos y de lo que dice la gente, y a mi madre es verdad que la escucho si me telefonea, pero no le hago ni caso. Voy a empezar desde abajo, sin nada, como dicen los muy entendidos, con el punto de partida puesto en el cero y con tan sólo el sudor de mi frente.
Esta misma mañana puse mis manos en la obra y me fui a saberlo todo de la casa en donde vivo, que es el mundo más cercano que tengo, y cuya perspectiva sería el primer escalón, la planta primera del rascacielos que debo subir andando, sin ascensores ni esos rollos. Busqué información en la cocina, en el salón, en el lavabo, en las habitaciones de mis compañeros de piso, y por fin la encontré en los bajos de los cajones, escondida entre otras mil cosas. Los libros de mi estantería los largué a cajas de cartón, y en su lugar puse la biblioteca que encontré, kilos de saber y secretos ignorados.

Voy a saberlo todo de mi casa, y me he cogido el manual de instrucciones del lavavajillas, el ordenador, la televisión, el frigorífico, el móvil, el aire acondicionado, el DVD, la TDT, la lavadora, el calentador, la impresora, la cámara de fotos, y también el de las pilas alcalinas de los mandos a distancia. Cuando acabe con esto tendré ya una pequeña perspectiva que no perderé, raíz filosofal de cualquier otra cosa.

viernes, 21 de mayo de 2010

Gentes de la mar


Dicen que la gente de la mar está loca pero no es eso, eso no. Cuando vivía junto a la mar, tomaba café mientras la mañana todavía estaba amaneciendo. Lo tomaba en cualquier bar con una sola condición: si éste no estaba junto a la playa había de estar junto a las rocas, cerca de donde rompían las olas.

A mí me pasaba que junto a la mar mis pensamientos eran otra cosa, no sé, tenían libertad y eran pensamientos que querían pensarlo todo, eran distintos. Pero yo no era el único, ni mucho menos, a la gente de la mar le pasaba lo mismo. Lo sé porque escuchaba mientras tomaba café a los viejos pescadores, a los obreros sin dientes y a los administrativos de cualquier raza o administración, a las limpiadoras, a los camareros, a todos los escuchaba yo hablar de lo mismo, lo mismo que la gente de tierra hablaban de trabajo y dignidad, de mal gobierno, sólo que ellos entrometían, sin darse cuenta, hilos de otras conversaciones más fantásticas, otras conversaciones que hablaban de los vientos locos que soplaban la noche, o de las aguas, o de una luna que se bañó en la mar y entonces la mar se hizo de plata. Está claro, pasa esto, junto al mar se piensa algo y ya de nuevo en tierra se piensa en otras cosas.

Ahora pienso en la tapa de este bar, anclado en medio de esta ciudad de tierras adentro. Setas con jamón. Las pruebo. Humm. Y en ese “humm” distingo muy bien la playa de la montaña, como si las sardinas asadas en espetones que comía allí llevaran siempre el sabor de la mar, o como si las setas y todo su repertorio de revueltos con que las tapeo aquí, no hallaran la forma de quitarse su sabor a tierra. Así que no, de locos nada.

El último adiós a mi abuelo


Habían metido el ataúd y estaban sellando la tumba con un tabique prefabricado. Era verano, las dos y pico de un mediodía sin escrúpulos. Había muerto mi abuelo y no faltó nadie.
Recuerdo a mi tío llorando, y a mi padre con lágrimas en los ojos. Recuerdo a todos de negro en medio de un silencio soporífero, guardando bajo el sol un luto imposible, y luchando sin éxito por la sombra del único ciprés que había cerca.

Yo andaba pensando: “Hay que ver lo poco católico que ha sido mi abuelo Juan, y el entierro tan católico y apostólico que está teniendo”. Y fue entonces cuando se escuchó un móvil, cuando todos perdimos el sentido de la realidad y nos dejamos llevar por el desconcierto. No estuvo bien, definitivamente no: alguien telefoneaba desde el otro lado y nos recordaba que había otra vida más allá del cementerio. Y al final pasó lo que pasa en estos casos: que el tambor que llamaba a la tribu no tocaba para todos. Pues bien, vale: tocó para mí.

“¿No te dije que apagaras el móvil?”, me regañó mi hermano Carlitos. “Pero si lo apagué”, dije en vez de pedir perdón. Más tarde, en voz baja, tras aceptar las miradas acusatorias de algunos, le dije a Carlitos: “Curioso. Mi teléfono causó más sensación que cuando don Vicente se ponía a repicar campanas”. “¿Y por quién redoblaban las campanas?”, me preguntó mi hermano chico. “Pero hombre, Carlitos –seguí–, las campanas no redoblaban por nadie: tocaban para llamar a misa”.

Escaleras mecánicas


Mi primer día en la ciudad fue una aventura tan extravagante que a nadie le molestó si me colaba en los autobuses por la puerta de atrás, o si jugaba durante horas al pato mareado, es decir, a hacer el ganso sin otro plan que pasarme toda la vida subiendo y bajando escaleras: las escaleras mecánicas de los Centros Comerciales. No molesté porque hice gracia en mi papel de cateto de pueblo. Y porque lo pasamos bien, nos reímos mucho.

Claro, no me estoy refiriendo a una de las visitas esporádicas de mi niñez. Aquellas en que mi padre limpiaba el coche, nos vestíamos de punta en blanco, y aparecíamos por las tiendas de la ciudad como cuando íbamos a misa los domingos: muy bonitos, sí; muy arregladitos, también. Naturalmente hablo de habitar una ciudad, de un muchacho de pueblo que vino aquí para estudiar, para vivir.

Mis primeros días en la ciudad fueron un viaje de iniciación. Aprendí que andar suelto sin plan precocinado no se hace, aquello no se toca, y lo que se quiere decir sin cuidado no se dice. Aprendí que el autobús tiene un precio y hay que pedir la vez, hay que guardar la fila, hay que tomar la entrada por la puerta delantera de los autobuses.

Pero lo que más me sorprendió de aquella época fueron unas palabras muy educadas que escuché a los señores del Centro Comercial. Trataban de convencerme de que a las escaleras mecánicas no les venía el nombre caído del cielo: “Lo que no es, no es —me repetían con una paciencia casi vegetal—. Mecánicas. ¿Lo entiendes? No son un juego”.

El planeta de los simios


Yo no sé cómo se las apaña pero se escapa, el mono se me escapa. El tío abre su jaula y se echa a la calle, a la plaza a tomar el sol, a estar con la gente, hablar con las niñas. Digo niñas porque también yo soy un niño, o porque no me gustaría crecer, ni que nadie creciera, se hiciera viejo, tú sabes, el rollo ése de estoy vivo, qué bonito que estoy vivo, y luego te mueres.

Lo que yo quiero es que el mono estudie las oposiciones, que sea profesor, que se esté quieto, que no hable, que no se distraiga en ciertas cositas que, si se enterara mi madre, no veas la que le iba a caer al mono: “¡La carrera de letras que hiciste! ¡Si tan chico no hubieras trabajado en bares!”.
Claro, los bares le gustan al mono, porque le gustan las mañanas de café y periódico, la gente, pasar los fines de semana a un lado y otro de la barra de cualquier bar.

Pese a todo y a quien le pese, visto lo visto, tampoco está tan mal. Al fin de al cabo, uno podría no saber que tiene un mono que domesticar aquí dentro. O lo que es aún peor, no saber que hay una pandilla de monos fuera, que están ahí jugando a no sé qué cosa, y no veas cómo se las gastan.

La matanza del cochino


Todo el mundo tiene un cochino a mano que llevarse a la boca. Antes de que ocupara las carnicerías, el marrano aguardó su destino con la panza llena y hacia arriba a la sombra de una encina, o metido en un tinajón mientras comía pienso o restos de sandía.

Hace unos días estuve en mi pueblo y me encontré otra vez con uno. Lo miré un largo rato hasta que se dio cuenta. Entonces hizo un extraño, vino a mí, y nos miramos los dos. A mí me da la impresión de que los cochinos saben que algo pasa, pero no saben qué.

En el fondo, tampoco nosotros sabemos muy bien qué pasa, qué cosa es este espectáculo del mundo que gira ahí fuera, o qué son estos pensamientos y estos sueños, estas cosas raras que giran aquí dentro, en esta cabeza loca.
Por un lado, necesitamos viajar, abarcarlo todo, ir hacia todas partes y habitarlas, hacer nuestro todo lo que está fuera. Por otro lado, necesitamos que el universo sepa que estamos dentro, que somos parte de él, que tiene que acogernos en su destino.

Digo estas cosas porque en mi pueblo miré al cochino y quise explicarle lo que es una morcilla.

Las tripas fuera y lo de fuera dentro.

Extraña manera de habitar el mundo, de apropiárselo, de hacerlo suyo, de viajar hacia fuera.

Uvas, trufas y caviar


Yo a la muerte le he cogido un respeto bárbaro. Lo mantengo no por un miedo atroz a su visita, puesto que sé que si viniera a verme de repente y con esas maneras, yo le diría que primero se tranquilizara, sin prisas, y luego la invitaría a pasar, a café, a que contemplara los pasitos de baile conque en algunos bares me despido de los sábados.

Mantengo mi respeto hacia ella no por mí, sino porque he visto ya mucha televisión, mucho periódico, y he visto muchos cuerpos amontonados sin vida por culpa de psicópatas, de cuatro locos que deshojan las margaritas arrancándoles el corazón, oscureciendo cualquier asomo de primavera en nombre de no se qué patria, no se qué dios, no se qué manera civilizada de vivir.

“Cobro mucho por lo que sea negro. Uvas, aceitunas, grosellas”, escuché ayer decir al cocinero del restaurante “Le bollandais”. Le habían preguntado cómo ponía precio a sus platos, obras maestras de la gastronomía y no recomendadas para cualquier bolsillo. “Es más caro lo negro –dijo—, porque a esta gente le gusta acordarse de la muerte. Comer trufas o caviar es para ellos comerse a la muerte. Como si dijeran: Muerte, ahora te como yo”.

Me dan miedo esos tipos de clientes que se creen que se puede comprar todo, que se pueden comer el mundo, esos chacales hambrientos que se pasan tanto la muerte por el forro, que ni charlan con ella ni se ríen de ella, y todo su afán es vencerla, comérsela en una cena tan espinosa para los demás, como agradable para ellos.

jueves, 20 de mayo de 2010

LA FRANCESA ÉSTA

Jocelyn dice que la gente está fatal, y esto lo dice sin creerse tocada por una varita mágica, sin desprecio hacia tu persona ni hacia la mía, sin delirios de grandeza. Lo dirá por los tiempos que corren, porque parece que hoy se nos vino encima el pasado, el presente, la historia. No un pasado cualquiera ni una historia escogida al azar, sino todos los pasados, todas las historias, las que aparecen en los libros y las que no están aquí, en el espejo del presente. Un espejo que nos mira sin contemplación, que exige algo, no sé, un cambio de ser, de estar, de pensar.

Te quieres agarrar a un dios para tener fe y aparecen todos los dioses. “Tú al tuyo —me dice mi madre—, que para eso es el tuyo”.

“Pero es que míos son todos, mamá —le digo yo— ¿no lo entiendes?”. Y no lo entiende, claro, porque puesta a pensar, mi madre pensaría para sus adentros que, si míos son todos los dioses, también lo son suyos. Y esa idea no le gusta, le agobia: con lo bien que está ella en casa, con lo bien que estaría yo en mi habitación.

Jocelyn dice: “Es que estamos todos locos, no sé qué pasa”. Y lleva su razón la francesa ésta, porque de alguna manera sabe que su patria no es Francia, aunque haya nacido y pasado más de media vida allí; ni Colombia, aunque su padre sea colombiano; ni Ecuador, aunque su madre sea ecuatoriana.

sábado, 8 de mayo de 2010

Tengo que decir una cosa



Tú ya sabes que hay cosas que se dicen, que se tienen que decir porque no seamos tontos, porque de lo contrario se las lleva el viento. Yo no quiero que esto se lo lleve el viento: me salen colores si te veo, me desborda una alegría enorme cuando me miras, una alegría que es como si emergiera de no se qué secretos de mi ser, como si el gusto mágico de la manzana prohibida hubiera trepado a través de los años, y hubiera logrado alcanzarme. Se parece en algo a una revelación, es como si aquel beso de Adán y Eva hubiera desatado en mí su tormenta de fruta, y yo supiera desde tiempos inmemoriales que tú tienes algo que ver con esa puerta, la puerta por la que se entra y sale al paraíso.
También me surgen unas ganas inmensas de hablar contigo, porque yo hablo mucho, y porque sé que tú también hablas mucho, que hablas y hablas sin tregua, como una cacatúa edénica en el jardín éste que te digo.
Esto me pasa, quisiera acercarme y decirte:

—Mira, vamos a echarnos unas cervezas.

Pero a mí me da igual que sea cerveza, café, nada. Porque se me pasa por la cabeza estar contigo, hablar y no cansarme de hablar contigo, hablar como un loro sin tregua, no sé, estar contigo.