Ana pensó ayer en quedar. Y pensó en llamarnos por teléfono. No nos llamó. No le dio tiempo. Marga se levantó con unos dolores terribles de cabeza y se adelantó en darnos el telefonazo. Así que quedamos. Ana, Emi, Marga y yo. Y lo que iba a ser un café, lo cambiamos primero por un viaje en coche, un ratito de hospital después, y luego otro viaje en coche y otro hospital. En el último sí que esperamos tela. Marga estaba a lo suyo, arrugada y en pijama, con la cabeza explotando. Y nosotros estábamos a lo de todos, de un hospital a otro y espero porque me toca. Aquello parecía un juego. Marga sujetándose la cabeza de dolor con las manos, mientras que todo estaba conjurado para deshojar a la Margarita. Este hospital sí, este hospital no. Toda la historia parecía una gracia de dios. Era muy simbólica. Hay muchas maneras de arrancarle los pétalos a una flor de veinticinco años. Y una de las formas es ver a Marga a punto de explotar y ver el tiempo saltando, de segundo a segundo, un salto entre la vida y la muerte, le tocará ya o no le tocará, un balanceo peligroso entre dos extremos, un juego de niños estúpidos. Un juego de estafas donde se pagan impuestos hasta por el pan, mientras que en los hospitales la gente se muere esperando, se muere porque el dinero se lo llevará otra vez un Palacio de Congresos, otra vez no sé cuántos teatros, aeropuertos y piscinas climatizadas más vacías que la una. Se lo llevará la Botella. Se lo llevará la hermana de la Botella y la fundación de su tío "el Botellón". Se lo llevará su niño "el Botellín". Se lo llevarán los promotores políticos cuando se lo repartan con sus amigos los promotores privados. El dinero se lo llevarán otra vez los coches oficiales, los mismos coches oficiales que aparcan y esperan todos los días, todos los días hay decenas de chóferes esperando no sé cuántas horas en la puerta de los restaurantes más caros, en los restaurantes más lujosos que hay en esta ciudad.
viernes, 13 de enero de 2012
martes, 3 de enero de 2012
YOGA Y YO
Me apunté a clases de yoga hace como poco dos meses. Y tengo que decir que me ha ido bien, la vida sigue conmigo y a cada paso que damos juntos me sorprende todavía más. Nunca es igual un día a otro. Y esto me gusta.
—¿Y si no tuvieras el yoga, entonces qué?
Pues si no tuviera el yoga, pues también. El mismo gustito que me dan las cosas me lo seguirían dando, y yo seguiría mi camino igual, igual de bien, para adelante, contento con mi gusto y contento con las cosas, sin menospreciar nada, ni tan siquiera aquellas otras cosas que me dan un asquito terrible, o un sufrimiento sin mesura, o sea, que agradezco el asco, el sufrimiento, el gusto y el regusto, son cosas que de mí yo no me esperaba y que están en mí, qué le voy a hacer, yo no las pedí pero me han sido dadas, y disfruto con ellas, y así como con ellas, así disfruto con todo. La vida es una experiencia maravillosa, qué quieres que te diga.
—Pero, vamos a ver, si no es por el yoga, ¿por qué dices todo esto?
Son puras ganas de hablar. En realidad, llevo dos meses apuntado a clases de yoga y todavía no he aparecido por clase una sola vez. Y si digo que no he aparecido ni una vez es que es verdad. Estoy apuntado. Incluso hay una lista de clase por ahí. Yo estoy en la lista, claro que sí, nunca estuve en clase pero pedí con mucha ilusión que me apuntaran, que yo quería saber lo que era el yoga y más aún, saber lo que era el yoga aplicado a un escenario muy concreto, aplicado a mí, a mi vida, saber cómo se las apañaba mi vida con una cosa más, y saber también cómo se las apañaba el yoga conmigo, es decir, yoga y yo, los dos juntos, vamos a juntarlos a los dos y vamos a ver qué pasa.
—Me he perdido. Hablas y hablas y yo no me entero de nada. Hablar por hablar, eso es lo que estás haciendo.
—Sí. Ya. Lo aprendí del yoga.
—¿Pero qué vas a aprender ni qué vas a aprender si todavía no has ido a clase?
Pues sí, mira, te cuento. Yo pregunté, yo leí, yo traje a mis manos todo lo que encontré acerca del yoga y lo devoré, una y otra vez, releí los subrayados que hago siempre que leo cualquier cosa y me empapé del asunto. Y al final el asunto del yoga se me resumió en dos puntos muy claros. Uno de los puntos era el maestro. Y el otro de los puntos era el discípulo, o sea, yo. Así que cogí, me fuí a ver a Pilar, que es mi profesora de yoga, y se lo dije:
—Mira, Pilar, he descubierto que lo más importante del yoga somos tú y yo, es decir, que el yoga tiene sus rituales y sus pasitos, cosas que sirven mucho para saber dónde estamos, saber qué estamos haciendo y lo que queremos hacer. Pero importante, lo que se dice importante, eso es como todo, lo que importa de verdad es la relación entre tú y yo, el hilo ése de intercambios que surge entre un maestro y su discípulo. Yo soy tu discípulo. Lo soy porque me apunté a clases. Tú eres mi maestra. Lo eres porque te lo vi en los ojos, te lo vi en todo ese aire que te envuelve y que admiré ya desde la primera vez que te conocí. Así que vamos a llevarnos rebien tú y yo, vamos a hacernos amigos. Tú me cuentas. Yo te cuento. Y luego ya, algún día, cuando todo este asunto nos haya hecho cómplices en algo bello, pues hablamos de cosas secundarias, cosas como cuándo asistiré a clase al igual que mis compañeros, cosas como tus rituales y tus liturgias, esos pasitos que tú das con pies sagrados, y que yo por tí incorporaré a mi vida.
—¿Eso dijiste a tu profesora de yoga? ¿Y no te respondió nada?
Sí que me respondió. Me dijo que era verdad y muy bonito lo que le había dicho. Y me dijo que de todas formas debería ir a clase. Que me sentaría todo mucho mejor con unos estiramientos, todo mejor si me estiraba un poco con unos ejercicios.
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