
La calor era horrorosa, y toda la plaza se moría de la envidia cuando nos vio en paños menores, a las doce de la noche, bañándonos en la fuente con la alegría descarada de un niño. Pero no fue una provocación, ni nadie lo entendió así, porque lo que todos entienden es que esta calor es mala porque está viva, y ataca sin tregua, sin remordimientos, como un enjambre de avispas.
No sé cómo hubo un tiempo en que yo pasaba los días interminables de los veranos cargando paja. La paja pica, y pica más bajo el sol, y cargábamos camiones y movíamos las alpacas como si fueran juguetes del campo. Recuerdo sin nostalgia un verano: el único verano que trabajé para la Capitana.
—Tomad y comed como cerdos —decía la Capitana—, porque trabajar, vais a trabajar como burros.
El agua la bebíamos por metros cúbicos mientras trabajábamos, porque entre camión y camión no había descanso: construíamos almiares de alpacas tan colosales y perfectos como pirámides egipcias.
Son las cosas que tenemos casi todos. Nos paren con un maletín debajo del brazo, y el maletín no tiene futuro: es una pompa de aire. Y con una pompa de aire hay que trabajar la paja, nene, que sólo es poner bien, en su sitio, mil y pico alpacas diarias.
La Capitana no me pagó, porque ella era capitana de un barco hecho a su medida. Tampoco pagó a nadie, para qué.
Son las cosas que tenemos los cerdos, los burros: nos consuela una fuente bajo la luna llena, porque en todo lo demás hemos caído tan bajo que ni nos pagan, tan bajo que a veces llegamos a tocar el fondo.
