
Ya sé que hay plazas y plazas. La que habité el año pasado, por decirlo de algún modo, escondía una guerra. A mí, que no me gustan las guerras, me horrorizaba ver todos los días cómo los artistas de profesión se tiraban las guitarras, los poemas a la cabeza por el maldito dinero. Todos la querían suya, que hondeara sólo una bandera en la plaza. Al final firmaron una paz armada cuyo éxito vino de la repartición, es decir, de una puntual distribución de la plaza por horas. En dos palabras: los turistas tenían dinero en el bolsillo, y ellos prostituían su arte por turnos.
Pero este año es distinto. Cambié de piso y me tocó una placita de naranjos, de pinos enormes, una plaza con fuente. Es distinto porque descubrí que los pinos hablan. Fue Pepe Benjumea, claro, fue él quien me lo enseñó una noche de viento. Me sacó de la taberna en que estábamos, me llevó a los pies de uno de los pinos, y me dijo mientras fumábamos un cigarro: “Cállate y escucha”.
Y era verdad: el viento mecía las hojas y se oía algo en lengua extraña.
—¿Lo ves? —me dijo Benjumea con la autoridad de sus cincuenta y tantos años—. Si yo digo que hablan, es que hablan.
Ya sé que uno no debería creer en ciertas cosas, pero me lo creí.
Y si me lo creí es porque me paso la vida buscando, ahogado mientras camino las calles sin tregua. Me lo creí porque busco una plaza que no esté en manos de nadie, que no esté sostenida por una guerra, un agujero por donde escape la ciudad, un lugar donde se pare el tiempo.
Pero este año es distinto. Cambié de piso y me tocó una placita de naranjos, de pinos enormes, una plaza con fuente. Es distinto porque descubrí que los pinos hablan. Fue Pepe Benjumea, claro, fue él quien me lo enseñó una noche de viento. Me sacó de la taberna en que estábamos, me llevó a los pies de uno de los pinos, y me dijo mientras fumábamos un cigarro: “Cállate y escucha”.
Y era verdad: el viento mecía las hojas y se oía algo en lengua extraña.
—¿Lo ves? —me dijo Benjumea con la autoridad de sus cincuenta y tantos años—. Si yo digo que hablan, es que hablan.
Ya sé que uno no debería creer en ciertas cosas, pero me lo creí.
Y si me lo creí es porque me paso la vida buscando, ahogado mientras camino las calles sin tregua. Me lo creí porque busco una plaza que no esté en manos de nadie, que no esté sostenida por una guerra, un agujero por donde escape la ciudad, un lugar donde se pare el tiempo.