viernes, 26 de noviembre de 2010

ESTOY EN LA LUNA

Yo te digo que esto es un sueño y tú me respondes que estoy en la luna. Bebemos café. Seguimos hablando. Coges el lapicero, me lo enseñas, el reloj me lo enseñas también, el periódico de ayer, pones en mi mano la vela apagada que se consumió anoche. Me obligas a tocar la realidad, me la echas encima, me echas la mesa, todas las cosas que había sobre la mesa.

Yo me las voy quitando una a una, me quito el mundo de encima porque vas muy orgullosa tú pensando que me has llenado de cosas, pero me has llenado de sueños, todo sueños y no te has dado cuenta.

No digo que esto no esté aquí, te digo, lo que digo es que esta bufanda, estas monedas, ese calcetín que pulula por el suelo sin saber muy bien a dónde va, lo que digo es que están aquí, están en el mundo, que son el mundo, vale, pero son sueños.

Otra vez el mismo juego: me arrojas todas las cosas. No me llenes de más sueños, por favor, pero no me haces ni caso.

Yo no soñé esa mesa, ni esa ventana, ni el sofá, ni el calcetín: alguien lo soñó y lo hizo. No soñé ese reloj, ni las noticias que pasaron ayer, no fui yo quien soñó el dinero.

viernes, 19 de noviembre de 2010

Esta misma tristeza


Vamos a ver si me he enterado: somos un Big que decidió ser un Bang, primero dijimos que íbamos a explotar, y luego que íbamos a expandirnos. Está muy bien, muy claro, muy bonito. Nos comimos una bomba. Nos salió tanta bomba por las orejas que hasta las orejas salieron también. Qué cosas, qué graciosa que es la vida.

Pero lo que yo no estoy dispuesto a aceptar (ni aunque lo entienda) es un cambio de opinión, un cambio de planes. No acepto el arrepentimiento ni el peso de la culpa, no acepto al guapo de siempre que tiene el valor de echarse para atrás.

¿Qué es eso de que el Universo explote, se expanda, y luego se encierre otra vez?

Yo no entiendo las cosas que tenemos, estos círculos viciosos. Explotar, expandirse, y luego otra vez explotar, a repetirlo todo de nuevo.

Yo no quiero que el día triste de hoy se vuelva a repetir algún día. Ni la misma tristeza ni el mismo día, porque no quiero que cuando el universo se vuelva expandir todo sea otra vez como ahora, igualito, sin nada nuevo que hacer bajo este cielo lluvioso, sin nada nuevo que decir a lo largo de toda la eternidad, cada vez que se repita este mismo día, con esta misma tristeza.

domingo, 14 de noviembre de 2010

TELAS DE ARAÑA



Una mosca vi,
y vi su trágica cosquilla
en los labios de un niño.

Yo la vi volar cuchicheando, al ritmo
del susurro hipnótico de sus primas moscas,
hasta que se posó en una flor, como libando
cuartos menguantes a sus pocas lunas.

Entonces enmudeció el silencio,
las palabras se atragantaron hasta la asfixia,
los mil zumbidos fueron ojos llenos de espanto,
pupilas sin tregua clavando niños
a nuestro complaciente ojo de espectador suicida.

Yo los vi hoy de brazos caídos,
como caen abatidos los huesos
cuando se desparrama la esperanza,
como si hubieran sido pactadas ya todas las derrotas,
como si sólo enseñaran,
bajo una piel donde no cabe más la mengua,
la costilla de Adán,
ese polvo del suelo,
ese polvo rastrero y homicida.

Súbitamente hoy,
pasó una mosca y cogí su vuelo,
y hallé en medio mismo
del desierto corazón humano,
hallé la hambre.

No hay redes en el aire.
No hay telas de araña
tejidas de sustancias secretas
que pesquen la nada y la lleven a la boca.
Porque no se vive del aire,
como viven las clorofilas.

Súbitamente hoy, vi una mosca zumbar incesante
en un ombligo vuelto del revés:
he visto hartos de nada explotar los vientres.

Mala ruina se hermane al aire que sostiene la mosca,
mala ruina agriete el antifaz maldito
de nuestra mucha cara,
y caiga devastando, estragando —la mala ruina—,
nuestra poca vergüenza.

viernes, 12 de noviembre de 2010

EL UNIVERSO REDUCIDO


Si lees esto es porque me lo he pensado bastante y de todas las suertes al final jugué a no pensar, porque si lo sigo pensando todavía estaría ahí, en el callejón sin salida del “lo digo o no lo digo”, en el mundo de la razón y sus cositas razonables, ahogándome aún más la existencia con cosas que no se hacen, y si se hacen te callas porque no se dicen, tú sabes, cállate que estás más guapo.

A mí tu padre me importa un carajo. Grosera la forma en que lo digo, qué le vamos a hacer, pero al menos no resulto pedante y retórico, porque cuando parezco educado y comedido en todo me doy asco. Y no me gusta cuando me doy asco.

Como decía, a mí tu padre me la re, me la pam, me la repampimfla, sepa él o no que se quiere acostar contigo, le guste o no su vida, quiera o no para la tuya sus delirios de loco, que tengan en ti éxito lo que fueron todos sus fracasos.

Y me la repampinfla porque si yo te miro a los ojos y surge un hilo, una especie de luz hilvanada que nos atrae con fuerza, si sabemos los dos que sin besarnos ya nos estamos comiendo a besos, a qué viene la paradoja de que tu padre te quiere, de que te quiere mucho, pero que te quiere encerrada en su castillo de espinas, toda para él, sola para sus ojos.

A qué vienen todas estas bobadas, si en el fondo y no en el fondo, donde sea, basta mirarnos para saber que somos tú y yo, y sólo eso, todo el universo reducido a eso: a tú, a yo.



jueves, 11 de noviembre de 2010

¿QUIÉN NOS HABRÁ MATADO?


Paco Muñoz hablaba de la violencia, cruzaba con sus palabras a un mundo desconocido, y con sus palabras también lo traía hasta nosotros, nos lo enseñaba. Lo que hacía era fácil. Tan sólo abría la puerta de un cuarto oscuro, encendía la luz, y nos invitaba a pasar. La luz eran sus palabras, claro.

—Vemos tanta violencia por tantos lados —dijo—, porque nos estamos rebelando contra ella.

Y decía esto porque pregonaba un mundo sin violencia, un mundo donde las grandes cosas sólo se sostienen en cosas pequeñas, y cosas pequeñas como hacer cola en la frutería, o ponerse de acuerdo para salir esta noche, son cosas donde hay conflictos, de acuerdo, pero conflictos resueltos sin sangre ni hostias, sin violencia.

Fue curioso, porque se encendía un mundo que todos dábamos por muerto, y descubríamos en la conversación que el mundo estaba vivo: los muertos éramos nosotros.

Sin duda un buen comienzo. Porque mientras algunos se preocuparon de saber quién nos había matado, otros habíamos ya resucitado.

jueves, 4 de noviembre de 2010

MIS MUERTOS PREFERIDOS



Como cada uno tiene sus muertos, pues yo tengo los míos. Mis muertos preferidos me caen bien. Los otros ya no tanto. Algunos de mis muertos preferidos lo son porque escaparon de la muerte, porque volvieron otra vez aquí, ya sea con un libro debajo del brazo, o infiltrados sin libros en medio de los chismorreos, de los bla-bla-bla de la gente, que ya sabemos cómo es la gente y lo que le gusta un morbo, un cachondeo, darle a la lengua. Yo los escuché sin pestañear, dándome lo mismo la forma en que se me acercaron, porque estaba convencido de que la vida era un sueño y podía soñarse, convencido de que compartirían conmigo su secreto. Eso hice yo, nenes, los escuché, había que escucharlos.

Lo que no puede ser es lo que le pasó al último de mis muertos preferidos. El pobre se encontró, mira por dónde, enterrado en vida, acostado dentro de un ataúd, despertando de un sueño que duró como poco un día y pico, y que casi le cuesta la vida. La vida para siempre, quiero decir, la muerte para siempre. Y gritó, claro. Qué otra cosa podía hacer dentro de un cajón de madera, qué otra cosa que gritar que no estaba muerto, muerto como se mueren los muertos.

“Estoy vivo —gritó—. Sacadme de aquí”.

Y cuando le abrieron el ataúd, y el pobre salió como pudo, todos salieron también, pero corriendo, así es como salieron todos, todos corriendo y despavoridos. La familia, los amigos, el cura, todos lo dejaron en el cementerio solo, muy solo, sin nadie que lo consolara ni aliviase, sin nadie que quisiera sacarlo de allí, de la casa de los muertos, quiero decir, del cementerio.