jueves, 4 de noviembre de 2010

MIS MUERTOS PREFERIDOS



Como cada uno tiene sus muertos, pues yo tengo los míos. Mis muertos preferidos me caen bien. Los otros ya no tanto. Algunos de mis muertos preferidos lo son porque escaparon de la muerte, porque volvieron otra vez aquí, ya sea con un libro debajo del brazo, o infiltrados sin libros en medio de los chismorreos, de los bla-bla-bla de la gente, que ya sabemos cómo es la gente y lo que le gusta un morbo, un cachondeo, darle a la lengua. Yo los escuché sin pestañear, dándome lo mismo la forma en que se me acercaron, porque estaba convencido de que la vida era un sueño y podía soñarse, convencido de que compartirían conmigo su secreto. Eso hice yo, nenes, los escuché, había que escucharlos.

Lo que no puede ser es lo que le pasó al último de mis muertos preferidos. El pobre se encontró, mira por dónde, enterrado en vida, acostado dentro de un ataúd, despertando de un sueño que duró como poco un día y pico, y que casi le cuesta la vida. La vida para siempre, quiero decir, la muerte para siempre. Y gritó, claro. Qué otra cosa podía hacer dentro de un cajón de madera, qué otra cosa que gritar que no estaba muerto, muerto como se mueren los muertos.

“Estoy vivo —gritó—. Sacadme de aquí”.

Y cuando le abrieron el ataúd, y el pobre salió como pudo, todos salieron también, pero corriendo, así es como salieron todos, todos corriendo y despavoridos. La familia, los amigos, el cura, todos lo dejaron en el cementerio solo, muy solo, sin nadie que lo consolara ni aliviase, sin nadie que quisiera sacarlo de allí, de la casa de los muertos, quiero decir, del cementerio.

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