lunes, 24 de mayo de 2010

Pasemos a la historia

Como ya somos mayorcitos y hemos vivido mucho y estudiado mucha historia, vamos a dejarnos de rollos y destruyamos de una vez al hombre. ¿Por qué seguir empeñados en que todavía no es tarde, en que aún podemos entenderlo, en que aún puede llegar a ser consciente?

Por favor, son ya muchos exámenes y siempre igual, la misma rutina. Si somos igualitos al pez ése, pues entonces hagamos de una vez lo que hizo él, que se mordió la cola y el pobre se quedó sin cola, y luego sin entrañas, y luego sin nada, claro, porque el tío siguió y siguió mordiéndose hasta que se vio descabezado, con la cabeza por un lado, y con el cuerpo “vete tú a saber dónde”.

Ya está bien. Dejemos de repetir la historia y pasemos por fin a la historia. Tiren ya todas las bombas, todos los misiles, los nucleares y los otros. Explótenlo todo. Y que no me entere yo —ni nadie a quien yo conozca—: que se vuelve a escapar el hombre.

Mi perspectiva del mundo


Tratando de no perder la perspectiva del mundo observé un pequeño detalle: yo no tenía perspectiva. Como resulta imposible del todo perder algo que no tienes, he decidido creármela.
Lo primero que he hecho ha sido olvidarme de la calle y de todos los libros que leí, me he olvidado de los periódicos y de lo que dice la gente, y a mi madre es verdad que la escucho si me telefonea, pero no le hago ni caso. Voy a empezar desde abajo, sin nada, como dicen los muy entendidos, con el punto de partida puesto en el cero y con tan sólo el sudor de mi frente.
Esta misma mañana puse mis manos en la obra y me fui a saberlo todo de la casa en donde vivo, que es el mundo más cercano que tengo, y cuya perspectiva sería el primer escalón, la planta primera del rascacielos que debo subir andando, sin ascensores ni esos rollos. Busqué información en la cocina, en el salón, en el lavabo, en las habitaciones de mis compañeros de piso, y por fin la encontré en los bajos de los cajones, escondida entre otras mil cosas. Los libros de mi estantería los largué a cajas de cartón, y en su lugar puse la biblioteca que encontré, kilos de saber y secretos ignorados.

Voy a saberlo todo de mi casa, y me he cogido el manual de instrucciones del lavavajillas, el ordenador, la televisión, el frigorífico, el móvil, el aire acondicionado, el DVD, la TDT, la lavadora, el calentador, la impresora, la cámara de fotos, y también el de las pilas alcalinas de los mandos a distancia. Cuando acabe con esto tendré ya una pequeña perspectiva que no perderé, raíz filosofal de cualquier otra cosa.

viernes, 21 de mayo de 2010

Gentes de la mar


Dicen que la gente de la mar está loca pero no es eso, eso no. Cuando vivía junto a la mar, tomaba café mientras la mañana todavía estaba amaneciendo. Lo tomaba en cualquier bar con una sola condición: si éste no estaba junto a la playa había de estar junto a las rocas, cerca de donde rompían las olas.

A mí me pasaba que junto a la mar mis pensamientos eran otra cosa, no sé, tenían libertad y eran pensamientos que querían pensarlo todo, eran distintos. Pero yo no era el único, ni mucho menos, a la gente de la mar le pasaba lo mismo. Lo sé porque escuchaba mientras tomaba café a los viejos pescadores, a los obreros sin dientes y a los administrativos de cualquier raza o administración, a las limpiadoras, a los camareros, a todos los escuchaba yo hablar de lo mismo, lo mismo que la gente de tierra hablaban de trabajo y dignidad, de mal gobierno, sólo que ellos entrometían, sin darse cuenta, hilos de otras conversaciones más fantásticas, otras conversaciones que hablaban de los vientos locos que soplaban la noche, o de las aguas, o de una luna que se bañó en la mar y entonces la mar se hizo de plata. Está claro, pasa esto, junto al mar se piensa algo y ya de nuevo en tierra se piensa en otras cosas.

Ahora pienso en la tapa de este bar, anclado en medio de esta ciudad de tierras adentro. Setas con jamón. Las pruebo. Humm. Y en ese “humm” distingo muy bien la playa de la montaña, como si las sardinas asadas en espetones que comía allí llevaran siempre el sabor de la mar, o como si las setas y todo su repertorio de revueltos con que las tapeo aquí, no hallaran la forma de quitarse su sabor a tierra. Así que no, de locos nada.

El último adiós a mi abuelo


Habían metido el ataúd y estaban sellando la tumba con un tabique prefabricado. Era verano, las dos y pico de un mediodía sin escrúpulos. Había muerto mi abuelo y no faltó nadie.
Recuerdo a mi tío llorando, y a mi padre con lágrimas en los ojos. Recuerdo a todos de negro en medio de un silencio soporífero, guardando bajo el sol un luto imposible, y luchando sin éxito por la sombra del único ciprés que había cerca.

Yo andaba pensando: “Hay que ver lo poco católico que ha sido mi abuelo Juan, y el entierro tan católico y apostólico que está teniendo”. Y fue entonces cuando se escuchó un móvil, cuando todos perdimos el sentido de la realidad y nos dejamos llevar por el desconcierto. No estuvo bien, definitivamente no: alguien telefoneaba desde el otro lado y nos recordaba que había otra vida más allá del cementerio. Y al final pasó lo que pasa en estos casos: que el tambor que llamaba a la tribu no tocaba para todos. Pues bien, vale: tocó para mí.

“¿No te dije que apagaras el móvil?”, me regañó mi hermano Carlitos. “Pero si lo apagué”, dije en vez de pedir perdón. Más tarde, en voz baja, tras aceptar las miradas acusatorias de algunos, le dije a Carlitos: “Curioso. Mi teléfono causó más sensación que cuando don Vicente se ponía a repicar campanas”. “¿Y por quién redoblaban las campanas?”, me preguntó mi hermano chico. “Pero hombre, Carlitos –seguí–, las campanas no redoblaban por nadie: tocaban para llamar a misa”.

Escaleras mecánicas


Mi primer día en la ciudad fue una aventura tan extravagante que a nadie le molestó si me colaba en los autobuses por la puerta de atrás, o si jugaba durante horas al pato mareado, es decir, a hacer el ganso sin otro plan que pasarme toda la vida subiendo y bajando escaleras: las escaleras mecánicas de los Centros Comerciales. No molesté porque hice gracia en mi papel de cateto de pueblo. Y porque lo pasamos bien, nos reímos mucho.

Claro, no me estoy refiriendo a una de las visitas esporádicas de mi niñez. Aquellas en que mi padre limpiaba el coche, nos vestíamos de punta en blanco, y aparecíamos por las tiendas de la ciudad como cuando íbamos a misa los domingos: muy bonitos, sí; muy arregladitos, también. Naturalmente hablo de habitar una ciudad, de un muchacho de pueblo que vino aquí para estudiar, para vivir.

Mis primeros días en la ciudad fueron un viaje de iniciación. Aprendí que andar suelto sin plan precocinado no se hace, aquello no se toca, y lo que se quiere decir sin cuidado no se dice. Aprendí que el autobús tiene un precio y hay que pedir la vez, hay que guardar la fila, hay que tomar la entrada por la puerta delantera de los autobuses.

Pero lo que más me sorprendió de aquella época fueron unas palabras muy educadas que escuché a los señores del Centro Comercial. Trataban de convencerme de que a las escaleras mecánicas no les venía el nombre caído del cielo: “Lo que no es, no es —me repetían con una paciencia casi vegetal—. Mecánicas. ¿Lo entiendes? No son un juego”.

El planeta de los simios


Yo no sé cómo se las apaña pero se escapa, el mono se me escapa. El tío abre su jaula y se echa a la calle, a la plaza a tomar el sol, a estar con la gente, hablar con las niñas. Digo niñas porque también yo soy un niño, o porque no me gustaría crecer, ni que nadie creciera, se hiciera viejo, tú sabes, el rollo ése de estoy vivo, qué bonito que estoy vivo, y luego te mueres.

Lo que yo quiero es que el mono estudie las oposiciones, que sea profesor, que se esté quieto, que no hable, que no se distraiga en ciertas cositas que, si se enterara mi madre, no veas la que le iba a caer al mono: “¡La carrera de letras que hiciste! ¡Si tan chico no hubieras trabajado en bares!”.
Claro, los bares le gustan al mono, porque le gustan las mañanas de café y periódico, la gente, pasar los fines de semana a un lado y otro de la barra de cualquier bar.

Pese a todo y a quien le pese, visto lo visto, tampoco está tan mal. Al fin de al cabo, uno podría no saber que tiene un mono que domesticar aquí dentro. O lo que es aún peor, no saber que hay una pandilla de monos fuera, que están ahí jugando a no sé qué cosa, y no veas cómo se las gastan.

La matanza del cochino


Todo el mundo tiene un cochino a mano que llevarse a la boca. Antes de que ocupara las carnicerías, el marrano aguardó su destino con la panza llena y hacia arriba a la sombra de una encina, o metido en un tinajón mientras comía pienso o restos de sandía.

Hace unos días estuve en mi pueblo y me encontré otra vez con uno. Lo miré un largo rato hasta que se dio cuenta. Entonces hizo un extraño, vino a mí, y nos miramos los dos. A mí me da la impresión de que los cochinos saben que algo pasa, pero no saben qué.

En el fondo, tampoco nosotros sabemos muy bien qué pasa, qué cosa es este espectáculo del mundo que gira ahí fuera, o qué son estos pensamientos y estos sueños, estas cosas raras que giran aquí dentro, en esta cabeza loca.
Por un lado, necesitamos viajar, abarcarlo todo, ir hacia todas partes y habitarlas, hacer nuestro todo lo que está fuera. Por otro lado, necesitamos que el universo sepa que estamos dentro, que somos parte de él, que tiene que acogernos en su destino.

Digo estas cosas porque en mi pueblo miré al cochino y quise explicarle lo que es una morcilla.

Las tripas fuera y lo de fuera dentro.

Extraña manera de habitar el mundo, de apropiárselo, de hacerlo suyo, de viajar hacia fuera.

Uvas, trufas y caviar


Yo a la muerte le he cogido un respeto bárbaro. Lo mantengo no por un miedo atroz a su visita, puesto que sé que si viniera a verme de repente y con esas maneras, yo le diría que primero se tranquilizara, sin prisas, y luego la invitaría a pasar, a café, a que contemplara los pasitos de baile conque en algunos bares me despido de los sábados.

Mantengo mi respeto hacia ella no por mí, sino porque he visto ya mucha televisión, mucho periódico, y he visto muchos cuerpos amontonados sin vida por culpa de psicópatas, de cuatro locos que deshojan las margaritas arrancándoles el corazón, oscureciendo cualquier asomo de primavera en nombre de no se qué patria, no se qué dios, no se qué manera civilizada de vivir.

“Cobro mucho por lo que sea negro. Uvas, aceitunas, grosellas”, escuché ayer decir al cocinero del restaurante “Le bollandais”. Le habían preguntado cómo ponía precio a sus platos, obras maestras de la gastronomía y no recomendadas para cualquier bolsillo. “Es más caro lo negro –dijo—, porque a esta gente le gusta acordarse de la muerte. Comer trufas o caviar es para ellos comerse a la muerte. Como si dijeran: Muerte, ahora te como yo”.

Me dan miedo esos tipos de clientes que se creen que se puede comprar todo, que se pueden comer el mundo, esos chacales hambrientos que se pasan tanto la muerte por el forro, que ni charlan con ella ni se ríen de ella, y todo su afán es vencerla, comérsela en una cena tan espinosa para los demás, como agradable para ellos.

jueves, 20 de mayo de 2010

LA FRANCESA ÉSTA

Jocelyn dice que la gente está fatal, y esto lo dice sin creerse tocada por una varita mágica, sin desprecio hacia tu persona ni hacia la mía, sin delirios de grandeza. Lo dirá por los tiempos que corren, porque parece que hoy se nos vino encima el pasado, el presente, la historia. No un pasado cualquiera ni una historia escogida al azar, sino todos los pasados, todas las historias, las que aparecen en los libros y las que no están aquí, en el espejo del presente. Un espejo que nos mira sin contemplación, que exige algo, no sé, un cambio de ser, de estar, de pensar.

Te quieres agarrar a un dios para tener fe y aparecen todos los dioses. “Tú al tuyo —me dice mi madre—, que para eso es el tuyo”.

“Pero es que míos son todos, mamá —le digo yo— ¿no lo entiendes?”. Y no lo entiende, claro, porque puesta a pensar, mi madre pensaría para sus adentros que, si míos son todos los dioses, también lo son suyos. Y esa idea no le gusta, le agobia: con lo bien que está ella en casa, con lo bien que estaría yo en mi habitación.

Jocelyn dice: “Es que estamos todos locos, no sé qué pasa”. Y lleva su razón la francesa ésta, porque de alguna manera sabe que su patria no es Francia, aunque haya nacido y pasado más de media vida allí; ni Colombia, aunque su padre sea colombiano; ni Ecuador, aunque su madre sea ecuatoriana.

sábado, 8 de mayo de 2010

Tengo que decir una cosa



Tú ya sabes que hay cosas que se dicen, que se tienen que decir porque no seamos tontos, porque de lo contrario se las lleva el viento. Yo no quiero que esto se lo lleve el viento: me salen colores si te veo, me desborda una alegría enorme cuando me miras, una alegría que es como si emergiera de no se qué secretos de mi ser, como si el gusto mágico de la manzana prohibida hubiera trepado a través de los años, y hubiera logrado alcanzarme. Se parece en algo a una revelación, es como si aquel beso de Adán y Eva hubiera desatado en mí su tormenta de fruta, y yo supiera desde tiempos inmemoriales que tú tienes algo que ver con esa puerta, la puerta por la que se entra y sale al paraíso.
También me surgen unas ganas inmensas de hablar contigo, porque yo hablo mucho, y porque sé que tú también hablas mucho, que hablas y hablas sin tregua, como una cacatúa edénica en el jardín éste que te digo.
Esto me pasa, quisiera acercarme y decirte:

—Mira, vamos a echarnos unas cervezas.

Pero a mí me da igual que sea cerveza, café, nada. Porque se me pasa por la cabeza estar contigo, hablar y no cansarme de hablar contigo, hablar como un loro sin tregua, no sé, estar contigo.