viernes, 21 de mayo de 2010

Gentes de la mar


Dicen que la gente de la mar está loca pero no es eso, eso no. Cuando vivía junto a la mar, tomaba café mientras la mañana todavía estaba amaneciendo. Lo tomaba en cualquier bar con una sola condición: si éste no estaba junto a la playa había de estar junto a las rocas, cerca de donde rompían las olas.

A mí me pasaba que junto a la mar mis pensamientos eran otra cosa, no sé, tenían libertad y eran pensamientos que querían pensarlo todo, eran distintos. Pero yo no era el único, ni mucho menos, a la gente de la mar le pasaba lo mismo. Lo sé porque escuchaba mientras tomaba café a los viejos pescadores, a los obreros sin dientes y a los administrativos de cualquier raza o administración, a las limpiadoras, a los camareros, a todos los escuchaba yo hablar de lo mismo, lo mismo que la gente de tierra hablaban de trabajo y dignidad, de mal gobierno, sólo que ellos entrometían, sin darse cuenta, hilos de otras conversaciones más fantásticas, otras conversaciones que hablaban de los vientos locos que soplaban la noche, o de las aguas, o de una luna que se bañó en la mar y entonces la mar se hizo de plata. Está claro, pasa esto, junto al mar se piensa algo y ya de nuevo en tierra se piensa en otras cosas.

Ahora pienso en la tapa de este bar, anclado en medio de esta ciudad de tierras adentro. Setas con jamón. Las pruebo. Humm. Y en ese “humm” distingo muy bien la playa de la montaña, como si las sardinas asadas en espetones que comía allí llevaran siempre el sabor de la mar, o como si las setas y todo su repertorio de revueltos con que las tapeo aquí, no hallaran la forma de quitarse su sabor a tierra. Así que no, de locos nada.

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