sábado, 8 de mayo de 2010

Tengo que decir una cosa



Tú ya sabes que hay cosas que se dicen, que se tienen que decir porque no seamos tontos, porque de lo contrario se las lleva el viento. Yo no quiero que esto se lo lleve el viento: me salen colores si te veo, me desborda una alegría enorme cuando me miras, una alegría que es como si emergiera de no se qué secretos de mi ser, como si el gusto mágico de la manzana prohibida hubiera trepado a través de los años, y hubiera logrado alcanzarme. Se parece en algo a una revelación, es como si aquel beso de Adán y Eva hubiera desatado en mí su tormenta de fruta, y yo supiera desde tiempos inmemoriales que tú tienes algo que ver con esa puerta, la puerta por la que se entra y sale al paraíso.
También me surgen unas ganas inmensas de hablar contigo, porque yo hablo mucho, y porque sé que tú también hablas mucho, que hablas y hablas sin tregua, como una cacatúa edénica en el jardín éste que te digo.
Esto me pasa, quisiera acercarme y decirte:

—Mira, vamos a echarnos unas cervezas.

Pero a mí me da igual que sea cerveza, café, nada. Porque se me pasa por la cabeza estar contigo, hablar y no cansarme de hablar contigo, hablar como un loro sin tregua, no sé, estar contigo.

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