Jocelyn dice que la gente está fatal, y esto lo dice sin creerse tocada por una varita mágica, sin desprecio hacia tu persona ni hacia la mía, sin delirios de grandeza. Lo dirá por los tiempos que corren, porque parece que hoy se nos vino encima el pasado, el presente, la historia. No un pasado cualquiera ni una historia escogida al azar, sino todos los pasados, todas las historias, las que aparecen en los libros y las que no están aquí, en el espejo del presente. Un espejo que nos mira sin contemplación, que exige algo, no sé, un cambio de ser, de estar, de pensar.Te quieres agarrar a un dios para tener fe y aparecen todos los dioses. “Tú al tuyo —me dice mi madre—, que para eso es el tuyo”.
“Pero es que míos son todos, mamá —le digo yo— ¿no lo entiendes?”. Y no lo entiende, claro, porque puesta a pensar, mi madre pensaría para sus adentros que, si míos son todos los dioses, también lo son suyos. Y esa idea no le gusta, le agobia: con lo bien que está ella en casa, con lo bien que estaría yo en mi habitación.
Jocelyn dice: “Es que estamos todos locos, no sé qué pasa”. Y lleva su razón la francesa ésta, porque de alguna manera sabe que su patria no es Francia, aunque haya nacido y pasado más de media vida allí; ni Colombia, aunque su padre sea colombiano; ni Ecuador, aunque su madre sea ecuatoriana.
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