
Habían metido el ataúd y estaban sellando la tumba con un tabique prefabricado. Era verano, las dos y pico de un mediodía sin escrúpulos. Había muerto mi abuelo y no faltó nadie.
Recuerdo a mi tío llorando, y a mi padre con lágrimas en los ojos. Recuerdo a todos de negro en medio de un silencio soporífero, guardando bajo el sol un luto imposible, y luchando sin éxito por la sombra del único ciprés que había cerca.
Yo andaba pensando: “Hay que ver lo poco católico que ha sido mi abuelo Juan, y el entierro tan católico y apostólico que está teniendo”. Y fue entonces cuando se escuchó un móvil, cuando todos perdimos el sentido de la realidad y nos dejamos llevar por el desconcierto. No estuvo bien, definitivamente no: alguien telefoneaba desde el otro lado y nos recordaba que había otra vida más allá del cementerio. Y al final pasó lo que pasa en estos casos: que el tambor que llamaba a la tribu no tocaba para todos. Pues bien, vale: tocó para mí.
“¿No te dije que apagaras el móvil?”, me regañó mi hermano Carlitos. “Pero si lo apagué”, dije en vez de pedir perdón. Más tarde, en voz baja, tras aceptar las miradas acusatorias de algunos, le dije a Carlitos: “Curioso. Mi teléfono causó más sensación que cuando don Vicente se ponía a repicar campanas”. “¿Y por quién redoblaban las campanas?”, me preguntó mi hermano chico. “Pero hombre, Carlitos –seguí–, las campanas no redoblaban por nadie: tocaban para llamar a misa”.
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