
Yo a la muerte le he cogido un respeto bárbaro. Lo mantengo no por un miedo atroz a su visita, puesto que sé que si viniera a verme de repente y con esas maneras, yo le diría que primero se tranquilizara, sin prisas, y luego la invitaría a pasar, a café, a que contemplara los pasitos de baile conque en algunos bares me despido de los sábados.
Mantengo mi respeto hacia ella no por mí, sino porque he visto ya mucha televisión, mucho periódico, y he visto muchos cuerpos amontonados sin vida por culpa de psicópatas, de cuatro locos que deshojan las margaritas arrancándoles el corazón, oscureciendo cualquier asomo de primavera en nombre de no se qué patria, no se qué dios, no se qué manera civilizada de vivir.
“Cobro mucho por lo que sea negro. Uvas, aceitunas, grosellas”, escuché ayer decir al cocinero del restaurante “Le bollandais”. Le habían preguntado cómo ponía precio a sus platos, obras maestras de la gastronomía y no recomendadas para cualquier bolsillo. “Es más caro lo negro –dijo—, porque a esta gente le gusta acordarse de la muerte. Comer trufas o caviar es para ellos comerse a la muerte. Como si dijeran: Muerte, ahora te como yo”.
Me dan miedo esos tipos de clientes que se creen que se puede comprar todo, que se pueden comer el mundo, esos chacales hambrientos que se pasan tanto la muerte por el forro, que ni charlan con ella ni se ríen de ella, y todo su afán es vencerla, comérsela en una cena tan espinosa para los demás, como agradable para ellos.
Mantengo mi respeto hacia ella no por mí, sino porque he visto ya mucha televisión, mucho periódico, y he visto muchos cuerpos amontonados sin vida por culpa de psicópatas, de cuatro locos que deshojan las margaritas arrancándoles el corazón, oscureciendo cualquier asomo de primavera en nombre de no se qué patria, no se qué dios, no se qué manera civilizada de vivir.
“Cobro mucho por lo que sea negro. Uvas, aceitunas, grosellas”, escuché ayer decir al cocinero del restaurante “Le bollandais”. Le habían preguntado cómo ponía precio a sus platos, obras maestras de la gastronomía y no recomendadas para cualquier bolsillo. “Es más caro lo negro –dijo—, porque a esta gente le gusta acordarse de la muerte. Comer trufas o caviar es para ellos comerse a la muerte. Como si dijeran: Muerte, ahora te como yo”.
Me dan miedo esos tipos de clientes que se creen que se puede comprar todo, que se pueden comer el mundo, esos chacales hambrientos que se pasan tanto la muerte por el forro, que ni charlan con ella ni se ríen de ella, y todo su afán es vencerla, comérsela en una cena tan espinosa para los demás, como agradable para ellos.
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