
Mi primer día en la ciudad fue una aventura tan extravagante que a nadie le molestó si me colaba en los autobuses por la puerta de atrás, o si jugaba durante horas al pato mareado, es decir, a hacer el ganso sin otro plan que pasarme toda la vida subiendo y bajando escaleras: las escaleras mecánicas de los Centros Comerciales. No molesté porque hice gracia en mi papel de cateto de pueblo. Y porque lo pasamos bien, nos reímos mucho.
Claro, no me estoy refiriendo a una de las visitas esporádicas de mi niñez. Aquellas en que mi padre limpiaba el coche, nos vestíamos de punta en blanco, y aparecíamos por las tiendas de la ciudad como cuando íbamos a misa los domingos: muy bonitos, sí; muy arregladitos, también. Naturalmente hablo de habitar una ciudad, de un muchacho de pueblo que vino aquí para estudiar, para vivir.
Mis primeros días en la ciudad fueron un viaje de iniciación. Aprendí que andar suelto sin plan precocinado no se hace, aquello no se toca, y lo que se quiere decir sin cuidado no se dice. Aprendí que el autobús tiene un precio y hay que pedir la vez, hay que guardar la fila, hay que tomar la entrada por la puerta delantera de los autobuses.
Pero lo que más me sorprendió de aquella época fueron unas palabras muy educadas que escuché a los señores del Centro Comercial. Trataban de convencerme de que a las escaleras mecánicas no les venía el nombre caído del cielo: “Lo que no es, no es —me repetían con una paciencia casi vegetal—. Mecánicas. ¿Lo entiendes? No son un juego”.
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