lunes, 31 de enero de 2011

GUARDAD LOS CUCHILLOS


—Guardad los cuchillos —dije—, que llega la policía.

Estábamos Misie, Valeriano, Bernardita y yo, y de repente la plaza se puso patas arriba. Vimos gente correr, gente escondiéndose entre la gente, gente buscando llaves y quitando coches y motos mal aparcadas, gente avisando a otra gente, gente disipando el humo de no sé qué cosa que estuvieran fumando los muy pendejos, camareros quitando mesas y sillas que alguna ley, en algún lugar, tenía que decir que eran ilegales, gentes de todo color y condición, gente espantada.

Misie, que no se llama Misie, que se llama Roberto porque así le puso de nombre la madre que lo parió, pues bien, Misie dijo: “Si la policía está para hacernos sentir más seguros, ¿por qué todo el mundo se anda escondiendo? Parece que la gente no se siente muy segura, ¿verdad?”.

Y Valeriano, Bernardita y yo nos reímos. Porque son las cosas de Misie, claro, de Roberto.

Como aquella noche de bares en que de tanto proclamarlo genio por esto, genio por esto otro, al final ya harto de tanta noche y tanto elogio, Misie, Roberto, o como carajas se quiera llamar, nos miró con cara de loco, ojos de loco y todo de loco, y nos dijo: “Lo que yo soy es un psicópata. Lo que pasa es que lo disimulo muy bien”. Son las pequeñas cosas de Misie, claro, las cositas de Roberto.

viernes, 21 de enero de 2011

BUSCAR Y ELEGIR


No sé quién soy ni qué hago aquí, lo cierto es que no sé nada. Estoy perdido, esto lo sé, y sé también que es tarde.

¡Dios, si yo fuera un poco más imbécil, si pudiera ser otra vez el niño aquel, si no me hubieran soltado nunca en el bosque!


Porque siempre no fui así, lo recuerdo, hubo un tiempo en que el mundo estaba encantado, un tiempo donde yo era el ombligo de todo, donde todo giraba alrededor mía y todo eran lunas dándome vueltas, recordadme, estrellas, cielos, el sol de siempre, todo pendía de un hilo atado a mí, el universo todo se acordonaba en mi ombligo.

Luego vino el desencanto, y vino porque vi la mentira, la manipulación, los intereses mezquinos. Y tuve que recurrir al orden, puse a cada cosa en su sitio, a cada uno en el suyo, me convencí de que había un sitio, de que las cosas eran cosas, de que había un lugar en el mundo.

¡Pobre otra vez de mí, pobre otra vez del hombre!


La razón era también mentira, caí de nuevo al abismo: no sé quién soy, no sé quién es éste ni qué hace aquí, no lo conozco de nada. No sé por qué se despierta y toma el café con leche como a mí me gusta, por qué yo tengo que ser él si apenas lo conozco de oídas, por qué me obligo a buscar y elegir, a buscar quién soy, a elegir una y otra vez quién seré yo, quién soy.

viernes, 14 de enero de 2011

LA PERSONAJE


A la mitad de la conversación la tuve que interrumpir. Fue para decirle que bajara la voz, que la mesa de al lado estaba escandalizada y que a mí me parecía bien el escándalo, por supuesto, pero no la mala leche con que se lo estaban tomando ellos, porque parecía que iban a estallar en insultos, que de un momento a otro darían rienda suelta a su furia y nos pondrían de sinvergüenzas para arriba, de eso y mucho más, porque hay gente como ellos que tienen muy poca conciencia, muy poca gracia y muy poco de todo, la verdad, pero en cambio tienen mucha vergüenza, mucha vergüenza ajena. “Se reconocerá —le dije—, el sexo es un derecho humano y algún día se reconocerá, esto es evidente, pero no levantes tanto la voz”. Pero ella siguió en sus trece. “Si me llaman la atención tengo una prueba —dijo—, la prueba sin discusión de por qué estoy harta de este mundo, este mundo de hombres mono y mujeres agachadas”.

Al final nos llamaron la atención, claro, y a ella se le cambió el humor. ¿Para echar demonios por la boca? No, qué va, no soltó ni un solo demonio, sino que le entró la risa y se puso graciosísima, y con una inteligencia inabordable les interpretó a la personaje trágica que ellos querían escuchar: “Lleváis razón —les dijo—. Las mujeres tenemos un clítoris que no sirve para nada. Y si no sirve pues se corta, se corta y ya está, problema solucionado”.