viernes, 14 de enero de 2011

LA PERSONAJE


A la mitad de la conversación la tuve que interrumpir. Fue para decirle que bajara la voz, que la mesa de al lado estaba escandalizada y que a mí me parecía bien el escándalo, por supuesto, pero no la mala leche con que se lo estaban tomando ellos, porque parecía que iban a estallar en insultos, que de un momento a otro darían rienda suelta a su furia y nos pondrían de sinvergüenzas para arriba, de eso y mucho más, porque hay gente como ellos que tienen muy poca conciencia, muy poca gracia y muy poco de todo, la verdad, pero en cambio tienen mucha vergüenza, mucha vergüenza ajena. “Se reconocerá —le dije—, el sexo es un derecho humano y algún día se reconocerá, esto es evidente, pero no levantes tanto la voz”. Pero ella siguió en sus trece. “Si me llaman la atención tengo una prueba —dijo—, la prueba sin discusión de por qué estoy harta de este mundo, este mundo de hombres mono y mujeres agachadas”.

Al final nos llamaron la atención, claro, y a ella se le cambió el humor. ¿Para echar demonios por la boca? No, qué va, no soltó ni un solo demonio, sino que le entró la risa y se puso graciosísima, y con una inteligencia inabordable les interpretó a la personaje trágica que ellos querían escuchar: “Lleváis razón —les dijo—. Las mujeres tenemos un clítoris que no sirve para nada. Y si no sirve pues se corta, se corta y ya está, problema solucionado”.

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