
Una mosca vi,
y vi su trágica cosquilla
en los labios de un niño.
Yo la vi volar cuchicheando, al ritmo
del susurro hipnótico de sus primas moscas,
hasta que se posó en una flor, como libando
cuartos menguantes a sus pocas lunas.
Entonces enmudeció el silencio,
las palabras se atragantaron hasta la asfixia,
los mil zumbidos fueron ojos llenos de espanto,
pupilas sin tregua clavando niños
a nuestro complaciente ojo de espectador suicida.
Yo los vi hoy de brazos caídos,
como caen abatidos los huesos
cuando se desparrama la esperanza,
como si hubieran sido pactadas ya todas las derrotas,
como si sólo enseñaran,
bajo una piel donde no cabe más la mengua,
la costilla de Adán,
ese polvo del suelo,
ese polvo rastrero y homicida.
Súbitamente hoy,
pasó una mosca y cogí su vuelo,
y hallé en medio mismo
del desierto corazón humano,
hallé la hambre.
No hay redes en el aire.
No hay telas de araña
tejidas de sustancias secretas
que pesquen la nada y la lleven a la boca.
Porque no se vive del aire,
como viven las clorofilas.
Súbitamente hoy, vi una mosca zumbar incesante
en un ombligo vuelto del revés:
he visto hartos de nada explotar los vientres.
Mala ruina se hermane al aire que sostiene la mosca,
mala ruina agriete el antifaz maldito
de nuestra mucha cara,
y caiga devastando, estragando —la mala ruina—,
nuestra poca vergüenza.
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