miércoles, 16 de junio de 2010

EXPLÍCAME CÓMO SE PUEDE PERDER ALGO


I

Había dicho adiós a una de esas noches mágicas que sólo a veces surgen de los sábados, y subía la cuesta sin fin de Claudio Marcelo, y esquivaba también una multitud que bajaba armada de sus mejores encantos para la fiesta. No sé bien si pensaba en ti, si lavaba en la cabeza -entre los jerséis que me quité y me puse desde las siete de la tarde-, la fotografía perfecta en que mirabas la noche en medio de la noche.

Debía ir pensándote porque estabas en las nubes, y no digo esto porque fueras sólo tú, porque fuera sólo por ti, sino porque también desde los barandales de aquella azotea siempre se parece estar un poquito más allá, más para arriba, más en Babia que en la Judería, porque casi creo que no hay en esta ciudad otra escalera que levante sus peldaños al otro lado, a esa cosa con aroma a cielo de siglos que tiene Córdoba.

II

Subía Claudio Marcelo como sólo se puede subir Claudio Marcelo: maldiciéndolo. Y fue entonces cuando centrifugué la idea de lo perdido, cuando me venció la cuesta y admití la derrota volviendo a las calles que ya había despedido del sábado, cuando mi lavadora cruzó todos los tiempos de lavado y prelavado, y al final la única ropa murmurada era mi mochila, ese bolso naranja que olvidé y que puse a buscar como locos a mucho pub Bestiario, a quien conocía y a quien no, como locos por entre los lugares más comunes y también los más remotos, paraísos exóticos o desiertos de hambre, daba igual, locos buscando hasta en los bordes mismos del fin del mundo, tú sabes, en los Finisterres del Bestiario, esos sitios donde la muerte es dulce y no hay vida en la tierra, y que todo bar, que sea bar de verdad, no puede dejar de tener.

—No traías ninguna mochila naranja —me dijiste—. No la has perdido, porque no la traías.

III

—¿Que la has perdido? —me sacó Nolo del error a la mañana siguiente—. Explícame cómo se puede perder algo que ahora mismito acabo de ver en mi casa.

Entonces, aquella mañana de café y domingo, me tomó una alegría sin sentido, me volvieron tus palabras, “No traías ninguna mochila naranja”, y comprobé con un alivio no esperado que la había olvidado mucho antes y con mucha más suerte en el primer escalón, en la planta baja de la única casa que araña el cielo en Córdoba, en medio de ese apartamento con microclima de cactus y naranjos enanos que se ha construido Nolo para vivir sólo del aire, de amor solamente.

IV

Pero yo no te digo esto para que me digas que sí, que una sangría la hace quien quiera y por metros cúbicos como le da la gana, con vermut, coñac y trocitos de melocotón y pera, para que me digas que reconociste en la que hizo Nolo para su cumpleaños, que reconociste un sabor dulce a maracuyá, a melón o naranja, a tropical o zanahoria, para que me digas que llevaba trocitos de lechuga, y que a esa sangría loca le sentaba que muy, pero que muy bien la lechuga.

No te digo esto para decirte que aquella noche estabas en las nubes, que hacías literatura asomada a la calle desde la azotea mientras yo murmuraba en la centrifugadora de qué libro te habías escapado, o a qué personaje en qué teatro habías abandonado con la palabra en la boca por estar allí, escuchando una voz que hablaba de libertad o destino, como si aquel espectáculo de Judería y estrellas tuviera algo más que decir, algo que tú tenías que desentrañar y por lo que te hiciste lejana a todos, allá en las nubes, guapísima en medio de la noche.

Te digo todo esto porque yo no busco imposibles, ni me gusta malgastarme con mochilas naranjas mientras no te hago ni caso: “No quiero rumiar tantas lechugas con un extraño sabor a sangría”.

Te digo esto porque me gustas, porque me sabes bien: porque me encantaría conocerte.

No hay comentarios:

Publicar un comentario