viernes, 10 de diciembre de 2010

BUSCA A DIOS


—Conviértete —me dijo—. Busca a Dios como hago yo. Todavía estás a tiempo.

Y yo, que no sabía si convertirme en príncipe o sapo, abrí los ojos, lo escuché que muy, pero que muy impresionado, y fue tanta la impresión que casi me da algo.

Sobre todo cuando habló del mundo y sus males, de ese tipo de personas que son pecadores porque no lo buscan, y porque no lo buscan encuentran la venganza de Dios. Habló del hambre, de los terremotos, de las bombas que todavía tiran los fanfarrones. Fanfarrones para mí, claro, para él justicieros.

—Cuando lo encuentres —le dije yo—, me lo mandas.

Entonces fue él quien se espantó. Sobre todo cuando le dije: “Y dile a Dios que hace mucho que lo estoy buscando: me debe dinero, mucho dinero”.

Luego le expliqué (para que se tranquilizara), que esta tomadura de pelo, esta gran burrada en que estamos todos, se merece una indemnización. Una indemnización como dios manda: con su juicio, su banquillo de acusados, su sentencia, sus culpables.

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