
Este aire se equivocó, éstas no son horas de soplar. Y no es porque sea verano y los veranos aquí sean un infierno, es que también el aire se ha equivocado de lugar, se ha colado en mi piso y a David se ve que esta intromisión le molesta, allanamiento de morada, debe estar maldiciendo David, que trata de echarse la siesta y ha salido ya como cuatro veces de su habitación, cuatro veces para cerrar bien la puerta del pasillo, que no para de abrirse y cerrarse, y que a pesar de los empeños de David sigue a lo suyo, la puerta no se está quieta ni en pintura, el aire la vuelve a abrir, el aire la vuelve a cerrar cada vez con más fuerza.
Este viento empezó a correr hace un rato. Escuché a alguien cantando en la plaza y me asomé al balcón. Entonces lo vi. Vi al viento levantado en la plaza. Los pinos y los naranjos y el chorro del agua de la fuente bailaban de lo lindo. Y vi también al cantaor. Cuando sopla el viento el cantaor viene a la plaza. Siempre es él, no hay otro. Se sienta en el borde de la fuente y toca su guitarra, y se pasa las horas de la siesta cantando flamenco, quejándose de pena en la soledad de la tarde, bajo la sombra de los árboles y mientras corre el viento, su voz lanzada al viento, su voz haciéndose viento también, silbando entre las hojas.
Y yo aquí echado en la cama, leyendo muy cerca del sueño y escuchando esa guitarra en el aire, en el aire un quejío, un murmullo de árboles, escuchando a David que no puede dormir por una maldita puerta, sorprendido de que haya algo cruzando por mi piso, de que un viento loco esté por la casa dando portazos, una y otra vez, a la hora de la siesta.
Este viento empezó a correr hace un rato. Escuché a alguien cantando en la plaza y me asomé al balcón. Entonces lo vi. Vi al viento levantado en la plaza. Los pinos y los naranjos y el chorro del agua de la fuente bailaban de lo lindo. Y vi también al cantaor. Cuando sopla el viento el cantaor viene a la plaza. Siempre es él, no hay otro. Se sienta en el borde de la fuente y toca su guitarra, y se pasa las horas de la siesta cantando flamenco, quejándose de pena en la soledad de la tarde, bajo la sombra de los árboles y mientras corre el viento, su voz lanzada al viento, su voz haciéndose viento también, silbando entre las hojas.
Y yo aquí echado en la cama, leyendo muy cerca del sueño y escuchando esa guitarra en el aire, en el aire un quejío, un murmullo de árboles, escuchando a David que no puede dormir por una maldita puerta, sorprendido de que haya algo cruzando por mi piso, de que un viento loco esté por la casa dando portazos, una y otra vez, a la hora de la siesta.
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