jueves, 23 de junio de 2011

ESTATE QUIETO, CÁLLATE


Su padre se lo había dicho varias veces, y hasta trató de convencerlo dándole un caramelo: “¡Estate quieto, cállate!”.

Pero mi primo era un niño, y siguió haciendo el mono en el asiento trasero del coche. Entonces, mi tío se puso de los nervios, se giró para atrás, y desde el asiento del conductor le lanzó un guantazo a su hijo que rodó de un lado al otro del coche con una propulsión de cohete. Cohestelar, diría yo.

—Te he dicho que cierres la boca, que te estés quieto –le dijo.

El caso es que mi primo dejó de hacer el mono, que se sentó como dios a su padre le dio a entender, y que para sorpresa de todos no soltó una sola lágrima.

Las lágrimas se las tragó como pudo.

Y pudo porque quizás pensó que algún día, quizás muy cercano porque de aquello hace ya tiempo, estoy casi seguro que mi primo pensó que quien ríe el último ríe mejor.

Era un niño pero lo sabía. Sabía que la victoria no se canta cuando se llega a ella con esas formas, de esas maneras. Sabía que la victoria algún día, no muy lejano, sería la suya.

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