Soplo, pero qué lindo cuando soplo, cuando me viene la tristeza y se me escapa un suspiro, y no quiero suspiros ni quiero días tristes y me pongo a soplar, desato un huracán que coge a la tristeza y la arrastra lejos, de este lado al otro confín.
Soplo. Los suspiros no son para mí. Ni tampoco el miedo que tú me das. Que me lo quito soplando, así, buff, buff, así te arranco ese temido antifaz y veo lo que eres, tu lata de pintura negra con que lo pones todo perdido.
Pero habla. Di algo. Deja ya de ensuciar y habla aunque sea a solas. Pregúntate por qué demonios estás tú y muchos como tú en la oscuridad, qué hacéis ahí, ciegos, buscando y siempre buscando con una mosca detrás de la oreja. Pregúntate por qué demonios estás siempre por enterrar, siempre buscando qué se ha movido. Me he movido yo. Se ha movido la plaza. Es de día.
¿Pero qué obsesión tienes tú con poner cada cosa en su sitio?
Si estás a oscuras, ¿no lo ves?
¿Es que no ves la luz, hermano?
Y tú ahí buscando en el pasado. Buscando qué se ha movido en esta plaza, loco por enojarte hoy, enojado y loco porque hay cosas que se han perdido, cosas que antes había.

No hay comentarios:
Publicar un comentario